¡Cuántas veces estamos invocando en “nombre de Dios” en estos tiempos de pandemia…! Y ¡cuántos nombres de tantos cercanos y lejanos están saliendo de nuestros labios: súplica, intercesión, agradecimiento… desde el cariño y la amistad! El Papa Francisco hacía estos apuntes del “santificado sea tu nombre”: “que su nombre sea santificado en nosotros, en nuestra familia, en nuestra comunidad, en el mundo entero. Es Dios quien nos santifica, quien nos transforma con su amor, pero, al mismo tiempo, también somos nosotros quienes, a través de nuestro testimonio, manifestamos la santidad de Dios en el mundo, haciendo presente su nombre. Dios es santo, pero si nosotros, si nuestra vida no es santa, hay una gran incoherencia. La santidad de Dios debe reflejarse en nuestras acciones, en nuestra vida. “Yo soy cristiano, Dios es santo, pero yo hago tantas cosas malas”; no!, esto no vale. Esto también hace daño, esto escandaliza y no ayuda” (Audiencia, 27-2-19). “Que santificado sea le rogamos: - no para ejercer sobre Él el dominio - ni porque santo nosotros lo hagamos”.
