María es la madre de todos, y dondequiera que vayan la encontrarán, porque no se puede vivir sin la madre, sin la Virgen. Todos los santos fueron devotos de María; ella es su Reina (FSP32*, 392).
La Iglesia se alegra porque ha descendido sobre los Apóstoles el Espíritu que el divino Maestro había prometido con gracias y dones preciosísimos, el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad que hoy debemos honrar (FSP32*, 310).
Este sábado es doblemente blanco porque es la víspera de Pentecostés, ese día afortunado en el que la Virgen anticipó la venida del Espíritu con su oración (FSP32*, 307).
Si quieren ascender a lo más alto de su vocación, a su sublimidad, tienen necesidad de una continua y grande infusión del Espíritu Santo, porque el amor a las cosas divinas, el desprendimiento de la tierra, el amor a los consejos evangélicos es un don divino (FSP32*, 312).
He aquí el Espíritu Santo que es la fortaleza de diecisiete millones de mártires, que sigue inspirando en los corazones de las vírgenes el horror del mal y el amor por el lirio más puro (FSP32*, 311).
He aquí el Espíritu Santo que pone la fe en el alma, que inflama, da la vocación al sacerdocio, a la vida religiosa, llama a los consejos [evangélicos]: todo esto tiene su origen en el Espíritu Santo (FSP32*, 311).