Lo más importante es responder a la llamada del Señor. Escúchenla, es la voz del Padre que llama, y si les pide el corazón, y les pide todo, dénselo; es una gran gracia, una gracia privilegiada (FSP32*, 525).
Que el Señor nos conceda la gracia de la cruz. La cruz es una gran ciencia, y hay almas que nunca aprenden, aunque saben tantas otras cosas... la ciencia de la cruz proviene del Crucifijo, del Sagrario, de Nuestra Señora de los Dolores, nuestra Madre y Reina, de San Pablo (FSP54, 308).
«Quien quiera venir conmigo –dice Jesús–, que se niegue a sí mismo», es decir, que renuncie a la gula, la envidia, la pereza, etc., y tome su cruz. Para muchos, la cruz proviene de la salud; para otros, del carácter; para otros, de las pasiones. ¿Y nosotros qué? ¿Seguimos a Jesús? (FSP33,98).
Ser sincero significa saber cuántos pecados capitales llevamos dentro. Hay almas que se conocen bien, que están en la verdad, que conocen las gracias que reciben y miden su correspondencia (FSP32*, 409).
[¿Quién es María?] Es la madre de los que tienen buena voluntad y son débiles. Todos encontrarán en ella refugio, esperanza, consuelo y ayuda: María es la ayuda de los cristianos, es la consoladora de los afligidos (FSP32*, 392).
Pidamos en primer lugar las tres gracias fundamentales: 1) sabiduría celestial para la mente; 2) virtud fuerte, especialmente la caridad, para la voluntad; 3) piedad o devoción para el corazón (FSP32*, 408).
Oh, cuando la gracia inviste un alma... Esa alma entonces habla como Jesús, piensa como Jesús, mira como Jesús, ama como Jesús; ya no es ella quien vive, es Jesús quien vive en ella (FSP32*, 398)