Al Señor le importan poco las prácticas externas. Él busca el corazón; las cosas externas no valen nada si no hay el amor a Dios. También se pueden realizar prácticas de piedad por amor propio, para ser visto (FSP32*, 501).
Jesucristo, tras completar la escuela del ejemplo en Nazaret, inicia la escuela de la palabra. En el Monte de las Bienaventuranzas, traza el camino de la paz y de la salvación y revela a Dios a la humanidad anunciando la nueva ley del amor (Oraciones, 243, Via humanitatis, X).
[Durante la Visita] podemos acercarnos a Jesús con nuestros pensamientos, con nuestra imaginación... Podemos imaginar a Jesús durante los cuarenta días de ayuno, con nuestra fantasía reconstruir la escena del bautismo de Jesús... Y experimentar fácilmente sentimientos de amor e incluso de dolor ¡Visita a Jesús! ¡Sagrario! (A las Hermanas de Jesús Buen Pastor 1959, n. 168).
La pobreza es la primera bienaventuranza y casi un peldaño para todas las demás...; trae mucha paz y libertad; es fuente de grandísimos méritos; libera de miles preocupaciones y peligros (Donec formetur Christus in vobis, nn. 87-88).
A veces las necesidades eran urgentes y graves... Pasaron los años, los pronósticos de muchos de cierto fracaso, las acusaciones de locura... se desvanecieron y todo se concluía, tal vez con dificultad, pero en paz (Abundantes divitiae gratiae suae, n. 166).
La Providencia obró según su método divino ordinario: fortiter et suaviter: preparando y haciendo converger los caminos según su finalidad, iluminando y rodeando con los auxilios necesarios, haciendo esperar su hora en paz (Abundantes divitiae gratiae suae, n. 43).