El pecado destruye la caridad, hace languidecer la esperanza del paraíso, hace perder la fe y los dones del Espíritu Santo; hace perder la paz y la alegría (FSP31*, 235).
Después de haber encontrado a Jesús, María, le pregunta: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?», ya no habló más, sino que acogió en su corazón, como en un santuario, las palabras escuchadas por su Hijo, meditándolas con amor (FSP31*, 92).
La esperanza se cultiva con la oración. ¡Recita bien el Acto de esperanza!... Practica bien la esperanza, el cielo y las gracias necesarias para ir al paraíso: esperemos (AP 1957, 266).
El trabajo de Jesús era muy sencillo: carpintero... Pero ¿qué tenía Él de especial entonces? El espíritu, el amor, ese amor por el cual Jesús hacía todos los trabajos, es decir, por amor al Padre. Toda la vida de Jesús reside en el máximo amor y obediencia (FSP30*, 62-63).
Jesús es presentado en el templo por María y José; Jesús sale de los confines de Palestina y José está con él para defenderlo; vuelve a Nazaret y José lo custodia (FSP32*, 288).
Bienaventurada la suerte de José que vio crecer bajo sus ojos a Jesús y lo custodió y protegió. Los santos después de la muerte tienen la fortuna de abrazar a Jesús, pero José desde la tierra tuvo esta bienaventurada suerte (FSP32*, 288).