¿Y cómo era la vida de los santos? ¡Qué tranquilidad, qué serenidad, qué esperanza de felicidad eterna allá arriba, donde se ve a Dios, se posee a Dios y se goza de Dios! (APD65, 725).
Presten atención a la meditación... ¿Qué pensamientos y sentimientos les pone en el corazón? El alma silenciosa anota todo, vuelve a ello en oración; lo piensa en la Visita para penetrarlo; recuerda el propósito y lo renueva, transformando todo esto en muchos actos de amor (FSP31*, 93).
Virgen Santísima de las gracias, tú fuiste saludada por el Arcángel Gabriel: llena de gracia, tú fuiste elegida por Dios para dispensar para todos los favores celestiales, tú eres la esperanza, el refugio, la consolación de tus hijos (Oraciones, p. 276).
El Señor les llama no sólo a evitar el pecado grave, sino también a huir del pecado venial y de las imperfecciones voluntarias; él les llama no a alcanzar la santidad ordinaria... Él ha elegido para sí una multitud de almas que quiere que estén más cerca de Él, que lo comprenden y lo amen (FSP31*, 229).
El pecado destruye la caridad, hace languidecer la esperanza del paraíso, hace perder la fe y los dones del Espíritu Santo; hace perder la paz y la alegría (FSP31*, 235).
Después de haber encontrado a Jesús, María, le pregunta: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?», ya no habló más, sino que acogió en su corazón, como en un santuario, las palabras escuchadas por su Hijo, meditándolas con amor (FSP31*, 92).