En Semana Santa, imitemos a Jesús, que realizó toda redención, pero a través del sufrimiento; así también nuestra salvación, a través del sufrimiento (PD 1964, 95).
El Domingo de Ramos, prevaleció el Espíritu Santo. El Viernes Santo, prevaleció el espíritu de las tinieblas, porque después debía prevalecer definitivamente el Espíritu de la verdad con la Resurrección (FSP46, 71).
El Padre envió a Jesucristo y quien lo recibe, lo ama, lo conoce, lo imita, entra en la Iglesia por medio del Bautismo, lo recibe en la Comunión, cree en la doctrina de la Iglesia, espera en Jesucristo y no quedará confundido eternamente (FSP32*, 319).
¿Y cómo era la vida de los santos? ¡Qué tranquilidad, qué serenidad, qué esperanza de felicidad eterna allá arriba, donde se ve a Dios, se posee a Dios y se goza de Dios! (APD65, 725).