La profesión es renuncia y conquista. Renuncia a nuestro ego, a nuestra voluntad... es toda una renuncia, pero es toda una gran conquista. Es renunciar a lo poco para adquirir lo mucho, lo infinito (APD56, 404).
Leer u oír el Evangelio es leer la misma voz del Hijo de Dios. Así pues, el Evangelio se debe escuchar con la misma reverencia que se escucharía a Jesucristo, que es como sabemos que hicieron san Antonio, san Basilio, san Francisco y muchos otros santos (LS 311).
La sagrada Escritura representa a la santísima Trinidad mejor que un cuadro o una escultura, y el santo Evangelio representa a la Persona adorable de Jesucristo mejor que una pintura o un crucifijo de cualquier materia sensible (LS 306).
Debemos dirigir nuestra mirada a María. Contemplar su belleza en la Inmaculada Concepción. Su belleza que resplandece de manera especial el día de la anunciación y el día del nacimiento del Hijo de Dios en Belén (APD56, 80).
Son dos los manjares que la Iglesia debe facilitar a las almas: la Eucaristía y la Biblia. Alimentémonos con los dos para que nuestra alma sienta saciadas todas sus facultades: inteligencia, sentimiento y voluntad (LS 301-302).
La difusión del santo Evangelio en particular y de la Biblia en general debe ser siempre la labor esencial del apostolado de la prensa. El apostolado de la prensa que realice bien esta tarea estará cumpliendo ya lo más esencial de este ministerio. Todo lo demás por sí mismo, sin la Biblia, no será suficiente (LS 292).